Vivir después de la guerra: relato de vida de una excombatiente de las Farc

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Mientras el sol se esconde y la luz del día empalidece y  se vuelve tenue, Cacica Atahualpa, como se hace llamar, nos cuenta en una tarde de mayo la travesía de su vida, su experiencia como ex-combatiente de las FARC  y su proceso de reincorporación a la vida civil.

Por: Carolina Torres, periodista SuRegión.

Los aires de lucha y revolución habitan la casa, pueden sentirse, respirarse. Posters de Marx y el Ché Guevara  con sus frases, adornan las blanquecinas paredes de la sede del Partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC), en Neiva. El ambiente es cálido, una vez pregunto por la Cacica me piden que la espere pues no tarda en llegar. Entre tanto, sigo admirando el lugar, no es la típica sede de un partido político, no es ostentosa ni opulenta. Solo tienen lo necesario, ni más ni menos. A lo lejos logro escuchar una voz delgada y femenina, era ella, la espera había terminado. Una mujer de piel trigueña, estatura media, con ojos grandes y negros como el carbón cruza la puerta y saluda, su presencia inspira respeto.

Nos desplazamos a un cuarto de la casa, tenía dos ventanales grandes que filtraban los candentes rayos del sol y podía oírse el sonido de los pájaros. Sentadas en dos sillas RIMAX empezamos a conversar. Ella, tímida y reservada. Yo, inquieta y nerviosa.

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Nidia Gonzáles – su verdadero nombre- nació a las orillas del Río Putumayo, en la vereda de Santa Helena, cerca del cabildo indígena de Peñas Blancas. Creció en medio de la cultura indígena, compartiendo sus creencias, costumbres y estilos de vida. Sin embargo, la lengua fue lo único que no le enseñaron, sin vacilaciones afirma que esto es un error porque es necesario preservar las raíces de nuestros antepasados y rescatar algo de lo mucho que nos quitaron luego de la colonización, pues “nos mutilaron culturalmente”. “Me siento indígena porque me crié en medio de indígenas”, añade la excombatiente.

Donde quiera que va se presenta como La Cacica, su seudónimo se lo debe al Mono Jojoy – Victor Julio Suarez Rojas (1953- 2010) – comandante del Bloque Oriental y miembro del Secretariado de las FARC. Recuerda con alegría cuando en 2004 tuvo que llevarle un correo y en el cruce de palabras ella le dijo que provenía de un cabildo indígena del Putumayo. Sus raíces fueron el referente para que el jefe guerillero la bautizara como La Cacica , desde entonces dejó de lado el nombre con el que había sido bautizada – Nidia Gonzáles – y el que había recibido cuando ingresó a las filas de las FARC – Yanira López -. Hoy, lejos de campos de batalla, se sigue haciendo llamar por su apodo, para honrar la memoria del Mono Jojoy, muerto  en 2010 en medio de la operación ‘Sodoma’ llevada a cabo por el Ejercito Nacional.

En su esfuerzo por viajar al pasado y recordar su niñez, La Cacica menciona que proviene de una familia humilde, de escasos recursos. Sin embargo, soñaba en grande, quería estudiar y ser alguien. Siguiendo sus pasiones estudió su primaria en la escuela de Santa Helena y para hacer su bachillerato se fue a vivir a Puerto Asís con un grupo de indígenas, compartiendo necesidades, durmiendo en colchonetas y alimentándose con lo poco que había pues eran muchos en una misma casa. Recuerda con júbilo sus clases y lo mucho que aprendía, asegura que era buena estudiante y guardaba un gusto enorme por las ecuaciones y los números.

Sin embargo, sus sueños y metas se derrumbaron cuando meses después de haber empezado a cursar séptimo grado le pidieron unos libros que costaban alrededor de  60.000 pesos. “Si no me traen esos libros, ni se aparezcan por acá”, fueron las palabras inapelables de su maestra, las cuales aún  retumban y hacen eco en la memoria de Nidia. Al ver que no tenía recursos para comprarlos, “no tenía ni para el recreo”, dice la Cacica, se regresó al pueblo a ver si su familia podría ayudarle con dinero. “No hay plata mija”, le dijo su padre. Su hermana le expresó que la única opción era salirse de estudiar y empezar a trabajar para ahorrar y retomar al año siguiente o estudiar en el día y trabajar en la noche, pero era mucha responsabilidad para una niña de apenas 13 años. Rompió en llanto porque no regresaría al colegio y estaba convencida de que anhelaba seguir estudiando y vivir con sus amigos.

Días después un tío suyo le consiguió trabajo en una casa de familia en la Vereda Peñas Negras, a cuatro horas de Peñas Blancas. Recuerda que el trabajo era muy agotador, “debía levantarme a las 5:00 AM y despachar a tres chinos para el colegio, todos comían cosas distintas. Debía lavar interminables canastas de ropa y me iba a dormir siempre a las 11:00 de la noche. Esa era mi rutina diaria”, relata La Cacica. Su primer contacto con las FARC sucedió cuando uno de sus miembros  fue por medicinas a la farmacia de los patrones de Nidia, que estaba en la misma casa donde ella trabajaba. Ella lo atendió y con la curiosidad e inocencia de una niña empezó a preguntarle como era la guerrilla y qué debía hacer para ingresar a la organización. El guerrillero le dijo que debía tener 15 años y Nidia tenía apenas 13. Una vez más se sintió frustrada.

Días después otro grupo de guerrilleros llegó a la farmacia por medicamentos, Nidia esta vez no dejó pasar la oportunidad y mintió sobre su edad, dijo que tenía 16 años y les expresó su interés en irse con ellos. Aprovechó que su patrona no estaba y sin decirle a nadie alistó su maleta y se marchó con la guerrilla. Recuerda cuando en una oportunidad su hermana  y su sobrina fueron al campamento donde ella se encontraba para suplicarle que regresara a casa. “Yo había tomado una decisión que nada ni nadie me la hizo retroceder”, cuenta La Cacica. El decepción con  su familia por no haber recibido su apoyo para continuar estudiando  y el miedo a una ‘juetera’ de su mamá, fueron el soporte para mantenerse firme en su idea de pertenecer a las tropas de las FARC.

La expresión de su rostro refleja la firmeza y la fuerza de su ser, no hubo poder humano que lograra hacerla desistir de ingresar a las filas de las FARC. A finales de 1997 y con tan solo 13 años comenzó a militar en la guerrilla.  Una vez dentro perdió contacto con el mundo exterior y sus seres queridos. En 2008 tuvo la oportunidad de hacer un primer contacto con su familia y pensó en buscar a su madre, anhelaba compartir tiempo y conversar con ella, a pesar de que en su memoria reposaba la imagen fuerte y severa con la que fue educada por ella y los castigos que recibió en su niñez. Sin embargo, sus deseos no trascendieron, el amor que quería hacerle sentir y las palabras de afecto que había guardado por tantos años no pudieron ser pronunciadas. Su madre sufría de epilepsia y cuando Nidia decidió irse a las FARC los episodios de la enfermedad empezaron a ocurrir con mayor frecuencia hasta que un día uno la dejó en coma y la llevó a la muerte.

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Hay quienes creen que son pobres porque Dios lo quiso así y que quizás en otra vida merezcan el paraíso, la tierra prometida. Sin embargo, La Cacica está convencida de que la sociedad es pobre porque un Estado  lo quiere así, empobrecidos. No cree en la existencia de Dios, “creo en lo que veo, en lo que toco, en lo que miro y en lo que siento”, afirma la excombatiente. Su experiencia en la selva le ha permitido llegar a estas conclusiones. En los destellos de su memoria recuerda que pasó  su primera noche en la guerrilla en  un rancho viejo durmiendo sobre  colchonetas. Duraron 15 días vestidas de civil junto a 5 personas más, caminando por los senderos del pueblo y dando tiempo para considerar la decisión que cada uno había tomado.

Luego del tiempo de prueba, debían pasar 4 meses en un curso aprendiendo los deberes, derechos y normas de la organización. Además, cada uno recibióun revolver para prestar guardia e irse familiarizando con las armas y aprendiendo su manejo. “Disparar no es difícil”, dice la excombatiente, en medio de la selva es vital para poder defenderse, empuñar un arma y apretar el gatillo resulta un acto de supervivencia en medio de la guerra. Además, aprendieron  las maniobras de la guerra, como hacer una emboscada, hostigamientos, trincheras y sobre todo, apuntar y disparar.

Una vez culminado el curso de formación, a cada guerrillero se le creaba una hoja de vida dentro de la organización. Fue entonces cuando debió confesar que tenía 14 años  y que había mentido para poder ingresar a las filas. A pesar de su mentira el mantenerse fuerte durante tanto tiempo  y no titubear en ningún momento de su decisión permitieron su estadía en la organización.

Cuando Nidia ingresó a la guerrilla desconocía las causas de su lucha, solo sabía que no le quitaban la coca a los campesinos, “era el sustento de nosotros los pobres”,afirma, y que  se enfrentaban con el Ejército.  Sin embargo, en el trasegar de los días empezó a formarse políticamente, todos los días comentaban las noticias que escuchaban a través de la radio, las debatían y ponían en duda la versión de los medios. Luego, estudiaban el origen de las FARC, sus ideales y sus jefes. Fue entonces cuando entendió que su deber en la organización era luchar por los derechos de la clase proletaria, acabar la desigualdad social.

Un día en la guerrilla

Cuando el conflicto se agudizó los guerrilleros debían irse a dormir a las 6:00 PM  y despertarse  a las 4:00 AM para atrincherarse hasta la 6:00 AM. Luego formaban  y hacían el proceso de conteo para revisar que el pelotón estuviera completo. Tomaban una taza de café y desayunaban de 6:30 a 7:00 de la mañana.  En ocasiones se ponían en marcha y caminaban por horas, reconoce que las primeras caminatas fueron agotadoras porque además de los largos trayectos debía sobrellevar el peso del equipo – este contenía dos camuflados, dos busos, tres conjuntos de ropa interior, tres pares de medias, toallas y papel higiénico, moñas, un espejo, cobija, toldillo, peinilla, pala, serrucho, la remesa y  suero por si había algún herido -. En esos largos recorridos por la selva colombiana, conoció la inmensidad de nuestro país, su riqueza paisajística y los valles que se bifurcan entre una montaña y otra. “Cuando escuchaba de otras ciudades o departamentos creía que eso era otro país. Yo creía que Colombia era solo el Putumayo”, comenta la excombatiente.

Guiados por una brújula  llegaban a pueblos y territorios desconocidos, su actitud era tacirturna, tímida y callada. No preguntaba ni respondía a interrogantes de la gente, “el enemigo se conoce porque es muy preguntón”, dice la Cacica. Recuerda una ocasión,  luego de llevar 8 años en la organización, en la cual olvidó su nombre y tampoco le interesaba recordarlo. Aquella niña  que había ingresado con tan solo 13 años se desvaneció entre los matorrales de la húmeda y desolada selva colombiana, tanto así que llegó a olvidar quien era.

Resalta que al interior de la organización no existían diferencias entre hombres y mujeres, el machismo no tenían  cabida. Los quehaceres y  tareas se repartían por igual,  todos  ranchaban – cocinaban -, prestaban guardia y rajaban leña. Las mujeres nunca fueron concebidas como el sexo débil, al contrario, se necesita mucha entereza para soportar las condiciones de precariedad en las cuales tenían que vivir pero siempre con la frente en alto empuñando una causa y defendiéndola hasta la muerte. Esa muerte, que representa el fin último de todo mortal, acechante y cargada de miedo y angustia. A pesar de la fortaleza y vigorosidad que caracteriza a LaCacica, se quiebra su armadura cuando recuerda a sus compañeros caídos en combate, sus hermanos como les llama. “La guerrilla se convierte en una familia”, afirma. Nunca la hirieron en combate pero recuerda con nostalgia la pérdida de sus camaradas, “nos matábamos entre hermanos, todos éramos campesinos”, dice La Cacica.

Envueltos por la espesura del bosque y la selva, los guerrilleros analfabetas dedicaban sus tardes a estudiar  las operaciones matemáticas básicas, leer y escribir. Los maestros eran los mismos compañeros que como Nidia habían tenido la posibilidad de ir a una escuela. La Cacica recuerda con alborozo los momentos en que ejercía su rol de maestra con sus camaradas. En su memoria guarda anécdotas  que la llenan de gozo. En una ocasión en la época del despeje en el Caguán un profesor les estaba enseñando a unos guerrilleros a leer:

-¿Qué dice aquí?, dice el maestro señalando el pizarrón.

– ¡Mamá!, respondieron los guerrilleros.

-Pero a esto le falta algo, la tilde. Ahora, ¿cómo se lee esto con la tilde?, pregunta de nuevo el profesor.

Alguien con mucho entusiasmo y convencido de haber aprendido la lección alzó la mano y dijo:

-Si ahí dice mama y tiene tilde pues eso se lee ¡matilde!.

Una sonrisa se dibuja en su rostro y suelta una carcajada cada vez que se traslada al pasado y recuerda esas vivencias junto a sus compañeros de lucha.

Vivir después de la guerra

La Cacica luego de 19 años de militancia y entrega total a la organización, dejó las armas a finales de  2016 luego de la firma de los acuerdos de paz entre la guerrilla de las FARC y el Gobierno Nacional el 26 de septiembre de 2016. Sacrificó parte de su niñez, su juventud y su familia para dedicarse a luchar, las circunstancias de su vida hicieron que terminara allí. Hoy es conscientede  la causa de las FARC yse siente  orgullosa de las ganancias a pesar del desastre, el terror y el miedo que sembraron  más de cinco décadas de confrontación bélica. “Estoy comprometida con la paz y el proceso de reincorporación”, comenta. “Sabemos que en el Huila se cometieron errores graves y nosotros estamos dispuestos a ponerle la cara y ayudar con el proceso de reparación. No podemos permitir que nos sigamos matando entre hermanos campesinos por los intereses de unos pocos”, añade.

Reconoce que queda un camino largo por recorrer , citando las palabras de Manuel Marulanda, jefe y cofundador de las FARC: “No hay que humanizar la guerra sino acabar con sus raíces”. Se debe seguir luchando  ya no desde el escenario armado sino desde la palabra para mitigar la desigualdad social entre ricos y pobres. Si existiese el cumplimiento a cabalidad de los derechos fundamentales de los ciudadanos no habría razones para armarse en contra el gobierno. Rescata que hoy se siente tranquila, ya no debe estar huyendo y escondiéndose de la ley.

A pesar de las bondades del acuerdo y de su apoyo al mismo, cuenta que extraña vivir en la selva. Echa de menos la tranquilidad y plenitud de los terrenos selváticos de Colombia, se siente presa en las cuatro paredes de una casa y le parece absurdo estar cuidándose de los ladrones. Añora la convivencia con la guerrillerada, la hermandad  entre camaradas, pues no había  espacio para el  egoísmo en la organización. No debían preocuparse por seguir lo que estaba moda, ni tener una casa o incluso una EPS.  Extraña el ritmo de vida que llevaban y los hábitos que había cultivado durante tantos años como pedir permiso hasta para ir al baño. Se desprende de su pasado con una nostalgia que le embarga el alma,  deja atrás  la familia que había cosntruido, con la que había crecido y se había vuelto mujer.

Sus  convicciones revolucionarias no son negociables, le indigna el estigma que recae sobre  las organizaciones sociales que trabajan por defender los derechos humanos, todo aquel que piense distinto y se oponga al sistema es tildado de guerrillero e izquierdista. “Moriré siendo revolucionaria porque yo no estoy luchando solo para mí sino por dejarle un mejor país a mi descendencia”, afirma La Cacica.Sin embargo, no comprende el individualismo que impera en  nuestra sociedad y esto hace que se pregunte si vale la pena arriesgar y sacrificar su vida por individuos que no piensan más allá de sus intereses y poco se preocupan por el bienestar de su país.

“Ármese, pero ármese de valor y luche por el país”: Cacica Atahualpa.

 

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