Juan Carlos Poveda, el voleibol y otras formas de vida en Neiva

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Son las 5 y 45 de la tarde de un viernes neivano. La ciudad palidece bajo el ocaso de un sol inclemente. Al lado de la pista de patinaje que tiene Neiva, está Juan Carlos Poveda Hernández, con una gorra azul, que lo muestra, a distancia, sombrío y frío. Está rodeado de niños y niñas que rondan entre los 12 y los 16 años, de un sinnúmero de balones rojos y verdes, y dos mallas de voleibol, que forman dos canchitas.  En ese momento, se está realizando un torneo de voleibol de su escuela Poveda Voleibol.

Por: Luis Carlos Prohaños, periodista SuRegión

Son 1,95 metros los que comprenden su estatura. Pero parecen 3, cuando el que está a su lado no supera el metro y medio de altura. Lo primero que impresiona, visto a la distancia, es su altura combinada con la sequedad de su rostro; luego, mediante la cercanía de la conversación, dejará ver su rincón más humano, recordando el pasado y explicando su presente. Juan Carlos Poveda Hernández, con 48 años, es uno de esos rostros anónimos que cargan tras sus espaldas una historia repleta de valor deportivo, refugiado en esas esquinas atléticas en las que enseñan lo que ellos ya vivieron.

En este momento el rastreo por internet de su nombre y su historia es prácticamente infructuoso; lo mismo su búsqueda bibliográfica. La ciudad, en su nombre, ignora su pasado deportivo. Neiva, carece de oportunidades para contar lo que otros hicieron antes en su nombre. El hoy profesor Poveda, antes fue una cuota departamental y de ciudad en el voleibol nacional.

La historia de Poveda fue de ciclos. Empezó a sus 14 años en el, otrora significativo, Colegio Nacional Santa Librada, donde aprendió los fundamentos para el voleibol y para la vida. Su estatura y su talento le otorgaron un cupo directo a la Selección Huila, dirigida por el profesor Avelino Tovar, insignia del deporte departamental. Un lugar que le otorgó la visibilidad que precisaba para llegar a la convocatoria nacional. Corría 1985, y recibió la primera citación, tan esperada, a una Preselección Colombia Juvenil, esa vez no fue. Pero el Voleibol estaba cruzado sin miramientos en su destino, y el año siguiente, de nuevo preseleccionado, le llegó el momento. Fue hasta 1988, en la categoría juvenil, cuando realizó su primer viaje internacional con el combinado nacional. Venezuela fue el destino, y los resultados fueron aceptables: terminaron en la cuarta posición, con seis selecciones en disputa.

Pasaron los años, la selección, ya en la categoría de mayores, lo volvió a buscar y la vida lo había ubicado en Bogotá, siempre jugando Voleibol, esta vez con la Selección de Bogotá. Esa vez tampoco fue por asuntos laborales.

Después de eso, fueron más de 8 años jugando y representando al Huila en todo el país, y en todo el continente. El profesor cuenta que, contrario a lo que muchos piensan, los deportistas viajan mucho pero no conocen los lugares a los que viajan. Es así, por la dinámica propia del deporte en general.

En 2004, a sus 34 años, cuando el cuerpo y el paso del tiempo dijeron basta, después de dos años previos de preparación mental y un creciente desgano por la rutina de entrenamiento, Poveda decidió dar un paso al costado y se retiró en Los Juegos Nacionales celebrados en Girardot, Cundinamarca.  El balance es óptimo, hoy bajo el análisis que ofrece el paso del tiempo. Fueron 20 años dedicados enteramente al Voleibol entre los que rondó activamente Bogotá, Risaralda, Tolima y el Huila, donde se hizo profesional y aprendió a vivir por y para este deporte. “El Voleibol significó para mí, a los 15 años, tener claro un proyecto de vida” señala el profesor.

Una vida que vivió resignando otra: la de su familia, la de sus tiempos libres, sus amigos. Por ejemplo, no fue a su grado de bachiller porque se encontraba en concentración con el equipo del Huila. A pesar eso dice “Cumplí un sueño”, contemplador y melancólico. En esa frase resume su vida, y su historia. En esas tres palabras, tan cortas y tan dicientes a la vez, el profesor agrupa más de 20 años en los que saltó para rematar la circunferencia de 66 centímetros y bloquear golpes con la yema de sus dedos, hoy duros y ásperos: un sueño, su sueño, su vida.

A la pregunta de qué fue lo más importante que le enseñaron 20 años de voleibol, el maestro responde: “El respeto y el amor por el departamento del Huila, una enseñanza que nos dio el entrenador Avelino Tovar” señala y remarca con un énfasis especial el profesor Poveda. Y se puede pensar que esa enseñanza, dos décadas después, sigo haciendo efecto y es toda una señal del cambio de los tiempos, que hasta al deporte ha impregnado de sus nuevas formas y costumbres.

El presente

Con lo que aprendió en su carrera deportiva y profesional, (es Educador Físico) el profesor cambió  la vida de las alargadas sobre la red por la de la esquina, al costado de la malla, con un silbato: la enseñanza que se ha demorado más de 14 años y en la que hoy se siente como un patriarca en su trono.

Desde aquel 2004, en el que dijo adiós, su lugar ha sido el banquillo de formación. Ha enseñado todo lo que aprendió, como una retribución de su adultez a la felicidad de su juventud. Ha pasado por el banquillo de entrenamiento del equipo de la Universidad Surcolombiana, en el 2009 y hasta 2017, en los que dejó como resultado una cifra importante: la clasificación consecutiva a 10 Juegos Nacionales Universitarios con los equipos femenino y masculino. También, merecidamente, por el equipo Departamental Huilense de Voleibol.

Actualmente, hace parte de la escuela Poveda Voleibol, un sueño familiar, al que siente como uno de sus mayores logros personales. La crearon y la soñaron en 2012, junto a su esposa, y reciben en ella jóvenes de cualquier edad y de cualquier municipio. Allí han llegado jóvenes naturales de Aipe, Campoalegre y Yaguará, y han sido parte del proceso formativo, que utiliza al Voleibol como forma y como fin. Una forma para aprender y estar físicamente activo, y el fin de transmitir los valores propios de este deporte: el respeto, el trabajo en equipo, y la seguridad de creer en sí mismo. Por allí han pasado más de 500 personas, entre las que se cuentan niños, jóvenes y adultos.

“Es una etapa muy bonita de mi vida profesional porque estoy trabajando en algo que es mío, entonces obedece uno a la seriedad profesional con la cual se debe tratar algo que es de pertenencia propia. Todo lo anterior también era mío, pero esto es más perteneciente, por lo vivido. Aquí disfruto demasiado el voleibol, diría que incluso más que antes.” descubre el profesor, como un secreto del cual depende un asunto trascendental, de vida o muerte.

“Hoy en día tengo una motivación totalmente diferente a la anterior. Esa era absolutamente competitiva, es otro estado mental. Hoy en día, disfruto más el ser humano, todos los días” dice finalmente el profe, con un cierre magistral en el que termina de descubrir ese recoveco que se ha adueñado totalmente de su integridad durante toda la charla: el aspecto de una humanidad inconmensurable y digna de un personaje significativo, propio de lo que ha sido su vida.

Tras decir eso, el profesor Poveda usa su silbato para dar las indicaciones correspondientes. Qué el joven se ubique en la posición necesaria para rematar. Luego, se enojará tras la no aceptación de la sugerencia pero repondrá el enojo transitorio con una sonrisa, para borrar el disgusto y enfocarse en lo que es verdaderamente importante: enseñar sobre el error, en calor, para que cale más. En esos casi 2 metros de altura, reposan y resguardan unos conceptos que el tiempo no pudo alterar: la pasión y el fervor de estar en el voleibol por cariño.

Ya son las 6:30 de la tarde y, el sol terminó de ocultarse totalmente. Ahora, las luces artificiales iluminan la práctica del profesor Poveda, que se despide y tras su paso se extiende la larga sombra de su altura.

Queda claro que hay vidas que existieron y siguen existiendo alrededor de una intensidad inalterable e inexplicable: el enardecimiento de espíritu que generan los deportes. La vida de Juan Carlos Poveda Hernández es el ejemplo más original.

 

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