El arte de ser mujer

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Por: Diana Ramírez

Mientras buscaba en internet información para redactar este ensayo, sostenía una conversación con mi madre y hermana en la cual les comentaba el tema sobre el que iba a escribir. Por eso les consulté si conocían alguien que hubiera atravesado por una situación difícil en el ámbito laboral por el simple y llano hecho de ser mujer. La respuesta vino en coro: “hum, muchas”.  Fue así como llegamos a la conclusión que ser mujer sigue siendo todo un arte, que definitivamente solo nosotras podemos dominar. Pero este escrito no busca ser un discurso feminista que victimice a la mujer, porque como dijo Gloria Steinem: “la revolución femenina no se trata de feminismo, sino de humanismo. De construir una sociedad que desemboque en un mundo más equitativo, donde no existan roles más allá de los que se eligen o ganan con trabajo.”

Lo que en algún momento se conoció como revolución femenina y pretendía liberar a las mujeres de una vida de opresión por parte de sus maridos, padres o jefes,  que buscaba darles voz en una sociedad dirigida por hombres pareciese haber tenido un  inconveniente en su proceso, pues esta liberación se inclina al hecho de habernos esclavizado aplicando unos estándares casi imposibles de alcanzar, puesto que aparte de ser mujeres, debemos ser bonitas, elegantes, trabajadoras, exitosas, ejemplares, tener ciertos comportamientos éticos y morales, y sobre todo seguir respondiendo por las labores no remuneradas del hogar.

El mundo nos ha abierto las puertas, pero con condiciones bastante severas. Por ejemplo a una amiga de mi madre le ofrecieron un puesto en la gerencia de una empresa, pero ella debía comprometerse a no tener hijos en los siguientes tres años. ¿Cómo puede ser esto posible?

En Colombia la Ley 581/2000 o Ley de Cuotas establece que las autoridades deben garantizar la adecuada y efectiva participación de la mujer en los niveles decisorios de la administración pública y estableció un mínimo del 30 por ciento en los cargos de máximo nivel decisorio de carácter administrativo en las tres ramas del poder público. Esto explicaría, el por qué los 195 países con elección democrática solo 22 son gobernados por mujeres y el por qué las mujeres solo ocupan el 20%  de sillas en los parlamentos y congresos.

Es complicado pensar que en Colombia se pueda construir una democracia igualitaria cuando el rol de la mujer sigue siendo prejuiciado y limitado a porcentajes. Obtener el 30 por ciento de participación es como darnos un premio de consuelo cuando en realidad se debería tener un 50-50, pero este es un tema que no solo ocurre en nuestro país.

En Estados Unidos Barack Obama ganó las elecciones de su país enfrentando a Hilary Clinton, demostrando que ni siquiera una de las principales potencias económicas de occidente está preparada para aceptar a una mujer como gobernante. En Colombia también hubo un caso similar,  no con la misma magnitud, pues la candidata presidencial Clara López no fue la contrincante número uno de nuestro actual presidente, pero se hablaba de ella y se decía que en un caso hipotético de ser presidenta no estaría en la capacidad de gobernar un país, pues  de hacerlo los ideales de su esposo la influirían. Comentarios como este demuestran que falta bastante para construir un mundo sin diferencias de género.

Si la participación política tiene un panorama poco amigable para las mujeres, el tema de la apariencia no mejora. Se nos exige ser bonitas y deseables pero no tanto, así lo ratifica  un estudio de Tolerancia Social e Institucional frente a las Violencias hacia las Mujeres, publicado a principios de marzo del año 2015, en el que revela que un 37 por ciento de los colombianos considera que si una mujer se viste de manera “provocativa” esta se expone a que la violen. Quizás esto explica las cifras de los arcaicos hombres colombianos que atacan sexualmente a una mujer cada treinta minutos y el motivo por el cual, cada tres días muere una mujer por violencia física  por culpa de sus parejas que no tienen la capacidad de entender que no somos objetos, sino sujetos.

Pero la violencia sexual no es la única que aflige a la sociedad femenina en Colombia. El PNUD informó el 72 por ciento de las mujeres sufren algún tipo de control por parte de sus parejas, pero esto no es nada porque para un 26 por ciento de la población en nuestro país es normal que el hombre no deje salir sola a su pareja y peor aún el 18 por ciento dice que un hombre de verdad es capaz de controlar a su mujer.

El DANE y Medicina Legal también se hacen presentes con sus estadísticas y hacen referencia a las 7 horas y 23 minutos que las mujeres trabajan de manera no remunerada en los hogares colombianos, respondiendo por la crianza y cuidado de niños y/o ancianos. Es obvio que esto no sucede en todos los sectores socioeconómicos del país, recordemos que la mayoría de la población colombiana se encuentra en un nivel económico medio bajo, donde las mujeres son empleadas en servicios generales, y esta denominación se genera por la sociedad estereotipada y machista, sin denigrar la identidad de la mujer.

Las remuneraciones no son iguales a las de los hombres, esto se podría explicar desde varios puntos de vista. Creo que el hecho biológico de poder ser madres y tener que tomarnos un tiempo para lactar y cuidar de los hijos hace que contratar a un hombre sea mucho más efectivo y productivo. Y es que seamos sinceros, en Colombia estamos lejos de tomar el ejemplo de los países nórdicos con respecto a las licencias de maternidad, pues aquí se sigue creyendo que mamá es mamá y es la encargada de criar, mientras que el papá si responde, es el encargado de llevar el sustento financiero a la casa.

A los diferentes tipos de violencias que estamos expuestas  las mujeres se suma el ser víctimas de violencia psicológica en las calles, pues tener que oír “piropos” como “mamita quién fuera cemento para agarrar ese monumento” o “A ti que te gusta el arte ahí te mando un PICASSO “muuua!” o recibir miradas devoradoras son el precio que tenemos que pagar por estar regias. A parte de tener que estar espléndidas, sabemos que ser mujeres es caro.

El famoso impuesto rosa con el cual las mujeres pagamos más por productos de belleza  o cuidado personal que los hombres y son fabricados con los mismos materiales y lo único que cambia es el color de su presentación, de ahí su nombre, nos lleva a ratificar  que ser mujeres es caro, porque nos ofrecen mil productos diseñados de y para lo mismo, pero con un agregado en el marketing y la publicidad. En USA en el año 2009 se gastó 235.6 billones de dólares en publicidad, el 80% de los países tiene un PIB inferior a esa cifra, esto explica porque el país norteamericano es el rey de la difusión.

Las mujeres no estamos pagando más por el producto, sino por la propaganda. Para la década de los setentas L´Oréal lanzó una campaña en la que decía “Porque tú lo vales” argumentando el precio de sus productos. Esta campaña se ha mantenido y nos da la razón de porqué ser mujer, tiene un precio cada día más costoso, pues va más allá de lo imaginable, cirugías, dietas, tratamientos, etc.

Ser mujer, en pleno siglo XXI, en el mundo y en Colombia sigue siendo todo un reto. Si bien, la revolución femenina nos liberó de muchas cosas, también nos esclavizó a otras. Pienso que la solución está en la unión, en que como mujeres tomemos partido del feminismo que no es otra cosa más  que humanismo y lucha por la igualdad en la sociedad. Nosotras no queremos poder, nosotras exigimos reconocimiento y respeto. Queremos pensar en un lugar en el que no tengamos que decir ganó porque era mujer o ganó porque era hombre, sino que ganó porque era persona merecedora.

Queremos que todos los imaginarios e ideales inalcanzables de belleza impuestos por los medios de comunicación y seguidos por hombres y mujeres sean reconstruidos y que algún día se trate de lo que somos y no de lo que aparentamos. Que entre mujeres nos apoyemos y dejemos de hacer comentarios devaluativos sobre la imagen de otra mujer. De esta manera, el cambio solo será posible si nosotras mismas lo creamos.

Como mujer y futura madre me preocupa pensar en tener hijas que deban enfrentarse a nuestra cultura actual, no quiero que ellas hagan parte del 78 por ciento de las adolescentes que se sienten insatisfechas con sus cuerpos por no ser como las modelos que ven en televisión o internet, ni tampoco quiero que sean del 65 por ciento de las mujeres que sufren de trastornos alimenticios como repercusión a comentarios en sus colegios, universidades, trabajo o calle. La depresión en las mujeres se ha duplicado desde el año 2000. Yo quiero un mundo diferente para mis hijas e hijos  y las futuras generaciones.

El cambio de mentalidad en una sociedad es un proceso que puede tardar años, décadas o incluso generaciones, pero la invitación es para que a estas nuevas generaciones les inculquemos valores de respeto, tolerancia e igualdad ante cualquier persona. Ser mujer sigue siendo un reto y aunque creamos que no es así hay que salir un poco de nuestra zona de confort y ver todas aquellas mujeres que están siendo víctimas de las diferentes violencias –física y psicológica- y por temor se quedan calladas. Debemos reconocer la capacidad de resiliencia que tenemos, porque a pesar de todo lo que hemos tenido que enfrentar seguimos haciendo hasta lo imposible para criar nuevas generaciones. Y aunque cada experiencia es única, la lucha es demasiado común.

Mujer cifras Colombia

Imagen principal Lienzo tomado web

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