Dilan Tique, el bailarín que enseña la cultura

Este bailarín, de 28 años de edad, cuenta que está luchando por mantener el legado cultural de lo folclórico en el Huila. Y dice, con una entrañable emoción, que hay días en los que, si no baila, su existencia se torna tristemente negativa, hasta el punto de llegar al llanto. Esta es su historia:

Por: Luis Carlos Prohaños, periodista SuRegión

Dilan Tique (su nombre artístico) difícilmente vuelva su atención cuando alguien lo llame por su nombre real, Nélson Iván Bautista Tique. El dirá que ya se ha aferrado tanto a ese nombre que hasta en las cuentas de sus redes sociales aparece así. Cuenta que hay ocasiones en las que generalmente hasta su madre, doña Esperanza Tique, lo llama así. Tanta es la repercusión de su sobrenombre que ya está en planes de convertirlo en su nombre legal.

Nélson Iván, o Dilan, según prefiera el lector, nació en Bogotá y vino a vivir a Neiva por un asunto fortuito. Es un bailarín folclórico de la ciudad de Neiva, que lleva 19 años inmersos en el asunto de la danza. Con 28 años, ha dedicado más de la mitad de su vida a moverse en un mundo de cultura y arte, del que no ha podido salir ileso de su magia envolvente.

Dilán no quería ser bailarín, es una de esas cosas que se van dando por azar. Cuenta que a los 5 años le tenía miedo al movimiento de la música. En las fiestas de sus cumpleaños se escondía para no tener que padecer el suplicio de mover su cuerpo por pena y miedo a las burlas. “Para mí era lo más monstruoso. Incluso lloraba” cuenta con risas.

Aunque él se negaba, el arte es un asunto que se transmite genéticamente y no hay nada que se pueda hacer para arrancarse esa herencia. En su familia había una sucesión que inició por sus abuelos. Su abuelo era uno de los indios que salían en los desfiles y su abuela era bailarina en los desfiles. Su mamá, consiente de eso, y que ha sido siempre su bastión, lo animó y en esa época le enseñó a bailar, y logró lo más importante: el descubrimiento de una vocación y un estilo de vida. Luego, lo obligó, con cariño, a inscribirse en un concurso de baile en la Concha Acústica- actual Parque de la Música- y, siendo ese su primer baile oficial, lo ganó. Lo hizo bailando el Sanjuanero Huilense. Después, a fuerza de práctica, y a medida del cariño creciente que encontró en el baile, el joven empezó una racha de victorias en concursos que lo propulsaron como uno de los bailarines con mayor desenvoltura y proyección de la ciudad.

Se formó en el club Danzas de mi tierra del barrio Alfonso López de Neiva. En este lugar se empezó a tallar la figura de una estampa juvenil, que, con el paso del tiempo, mediante un proceso, terminó de modelar a un hombre de baile en Danzar Huilense, un lugar de grupo base, en el que se curtió a base de salidas en desfiles del Festival y viajes por toda Colombia exhibiendo un micromundo cultural en el que abundan danzas folclóricas.

EL BAILARÍN NACIONAL E INTERNACIONAL

Hace 4 años, se ganó un concurso de baile en Fortul, Arauca. Compitiendo entre 250 bailarines, fue el elegido como mejor bailarín hombre nacional. A esa lista se le suman decenas de representaciones: ha pasado por Bogotá, Boyacá, Pereira, la Costa Atlántica. “He ido por allá y he hecho talleres. Instruyo lo que sé del departamento del Huila y traigo para acá lo que aprendo allá”.

También se ha recorrido una gran parte de Latinoamérica, exhibiendo la tradición huilense a partir de sus danzas: en la lista de su pasaporte tiene sellos de Venezuela (Barinas), Ecuador (Guayaquil, Quito y Latacunga), Perú (Piura), Chile (Santiago), Bolivia, Panamá y México.  “Todos estos viajes se han hecho para hacer una transformación social a partir del rescate de las costumbres” cuenta Dilan.

De esa experiencia internacional le han quedado grabadas imágenes que no puede borrar, que se guardan con tinta indeleble en su memoria. Lo que más le quedó ha sido la importancia de asignarle a la sociedad una cultura amigable y compatible con el medio ambiente y la reivindicación de las tradiciones regionales. “Hay que trabajar fuertemente para recobrar lo que se ha perdido. Se ha dejado la cultura a un lado. Ahora todo es negocio y comercio. Se pagan palcos carísimos, se ha perdido la identidad de las fiestas. Hay que concientizar a las personas de la cultura” crítica.

Dilan Tique, el bailarín que busca transmitir cultura

LA NECESIDAD DE TRANSMITIR LA CULTURA

De todo el proceso, al joven Bautista Tique le quedó guardado un sonido que le repetía la necesidad de promover la cultura a través de las danzas. Esa música le retumba con estridencia en sus pasos y por eso está dedicado firmemente a esa idea. Lleva más de dos años dedicado con dinamismo a esta intención. En ese proceso ha llevado a cabo trabajos sociales en distintas comunas de Neiva en la Comuna 8 ha realizado cátedras de Cultura ligada a las danzas con jóvenes, y actualmente hace parte de la fundación Arte y Vida de la Comuna 7. Él tiene claro que este trabajo es insuficiente, pero, a juzgar por su emoción cuando habla, sabe que es un buen punto de partida.

Es un convencido del rescate y la transmisión de las tradiciones. Su fuerte artístico son las danzas folclóricas. “Lo mejor que tiene la danza folclórica es el contenido: sus historias, en lo que se basan y todo lo que cuentan sus letras” dice.

Bautista Tique, explica por qué es importante rescatar y, a su vez, no dejar perder la cultura y que están haciendo por el arte los bailarines:

EL OFICIO INFRAVALORADO: SER BAILARÍN, UNA DE LAS DIFICULTADES DE SU INICIATIVA

“La gente no aprecia la verdadera cultura. Eso es lo que se ha perdido. Eso implica que a los bailarines se les pague mal. Se supone que ellos son el alma de las fiestas. Si no hay bailarines en una muestra artística, no lo es. Si no hay bailarines en una apertura del Festival, no es una verdadera apertura. Se ha venido decayendo todo eso. Actualmente se demoran mucho en pagar quienes responden por el festival. Si el festival es en Junio, a los bailarines les van pagando en Octubre” señala Bautista Tique.

Hace 7 años dejó de asistir a los desfiles porque se dio cuenta que los bailarines están menospreciados, y eso se evidencia en la poca remuneración que reciben. “Toda mi vida he bailado gratis, me he quemado los pies, me han salido ampollas, y siempre se le he dado al público lo que ellos merecen. Eso es lo que no ven los organizadores y administrativos. Ni siquiera para la hidratación dan recursos” critica, de nuevo.

Sin embargo, continúa su trabajo desde las sombras. En las Comunas y en los Ballet que buscan el rescate de los bailes folclóricos. Desde esos lugares zigzaguea entre la enseñanza y sus estudios; entre la necesidad de transmitir cultura y su propia manutención. Y allí ha logrado encontrar una compatibilidad. Un lugar de acomodo en el que se siente como bailando un bambuco.

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Actualmente no baila con constancia porque no le queda tiempo, y su cuerpo lo siente. “Lo que sucede es que bailar quita el estrés, Bailar enamora a los demás, y a la vez te enamora. Es como tomar agua: una fuente de vida”. Y cuenta, en un ocaso de su voz, que hay días en los que llora porque necesita más del baile.

 

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