De vuelta en la Casa Embrujada

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En la fachada sobresale un nombre: Casa Embrujada, Galería Emiro Garzón. El nombre va acompañado con el dibujo de una bruja montada sobre su escoba. Alrededor, niños y niñas transitan en bicicletas, hablan y ríen mientras sus ecos se pierden en el silencio habitual de una tarde de sábado en La Jagua, donde el tiempo parece que se detuviera. La puerta de la casona está entre abierta. Fabián, Nicolás y yo observamos curiosos el interior de la vivienda. Queremos entrar. Al fondo, dos mujeres friegan el piso con escobas y baldes de agua. “Bienvenidos a la galería de arte Emiro Garzón”, dice un joven con vestidos negros y algo raídos. En realidad, el joven se llama Esteban. Se torna nervioso ante nuestra presencia pero ha querido ser amable. Nos hace seguir y camina presuroso hacia el fondo de la casa, copado de árboles y plantas. Al entrar, caminamos lento y observamos cada una de las obras de arte instaladas allí. Pinturas pequeñas y medianas cuelgan de las paredes, mientras esculturas en bronce y cera se apoyan en el suelo, mesas medianas y otras penden del techo. La galería parece ser un lugar en proceso de modificación y a pesar que en el ambiente hay un aire de aparente desorden, la esencia de la galería yace intangible.

En una de las habitaciones, el maestro Emiro Garzón se observa sentado y concentrado frente a un pequeño escritorio de madera. A su alrededor todo está en orden: camas y sillas. Pero el escritorio conserva la imagen habitual del artista que se sume en su imaginación y vuelve intocable su espacio: pinceles, cinceles, tarros de colores, implementos para tallar y un cúmulo de objetos indescifrables. Hay un mundo en su escritorio que sólo él comprende, junto al mundo alterno de sus creaciones.

El maestro está tallando un rostro. En su procedimiento toma una pequeña brocha y sacude los pliegues de la nariz, ojos y labios. Luego voltea hacia nosotros y se le escapa una sonrisa. Continúa su labor. “Esteban, hay personas, atienda”, exclama con un tono dulce. Esteban apresura el paso y vuelve a salir, esta vez del fondo de la casona, donde se extiende un patio enorme. “No llegaron en un buen momento a la galería”, dice, sonriendo con su nerviosismo habitual. “La verdad es que la mayoría de las obras se encuentran en Neiva en ExpoHuila, sólo están estas”. “¿Y cuándo vuelven?, le pregunto.

Dice que no sabe. Esteban estudia Derecho en Bogotá y ha querido suspender un semestre para estar con su padre, el maestro Emiro Garzón. Quiere que conozcamos el lugar y nos invita a recorrerla. Siente un poco de pena. La galería no tiene el orden esperado por él y se excusa. Nosotros la recorremos fascinados.

Emiro Garzón volvió a su casa embrujada luego de permanecer ocho meses en Neiva, la capital huilense, por problemas de salud. La galería quedó en La Jagua, no a la intemperie ni al abandono pero si con la ausencia de quien da vida a este lugar. “Ahora la estamos adecuando nuevamente y arreglando para que sea más bonita. Regresé de Bogotá para estar con él y ayudarle”.

La Jagua es un pueblo que pende en otra dimensión. Sus mitos y tradiciones le dan misticismo y magia. Un lugar poco habitado mientras su soledad habitual la recorren el sosiego infinito y la paz. “Ustedes saben que este lugar es tranquilo y para él es mucho mejor estar acá”, comenta Esteban. Lo sabemos.

"¡Si quieren vamos al taller!”, dice. El taller es un tramo del enorme patio que hay allí. Una sección compuesta por innumerables objetos entre hornos, varillas de hierro, vasijas, tarros, cinceles, tapas, bloques de cera, arcilla, planchones, entre un montón de cosas más. “Acá es donde mi papá realiza los procesos para su obra”, dice Esteban. De repente la imagen del maestro, el escultor insaciable, aparece allí. El taller es otro de sus mundos. El maestro Emiro Garzón Correa nació en Belén de los Andaquíes (Caquetá) el 7 de mayo de 1950. Es hoy uno de los pintores y dibujantes más representativos de Colombia. Esteban destaca la labor artística de su padre. Nos recuerda que en Neiva y más municipios del Huila, ha creado los más importantes monumentos públicos: La lavandera, El pentagrama musical, El vendedor informal, entre muchos otros. Algunos también en Bogotá y Pereira. Otros en Panamá. 

En el taller hay un horno. Está conectado de manera subterránea con otro. Sirven para moldear las figuras y darle forma a las esculturas. En el centro del taller, una masa envuelta en papeles de azúcar y plástico está sujeta del techo, sobre un soporte de hierro o algún otro material. Esteban lo descubre y nos muestra una enorme escultura.

Emiro, el artista de alcaldes, gobernadores, arquitectos, primeras damas, empresarios y otros personajes de la vida social de la capital del Huila; el maestro de maestros y el más querido en el Huila. “Mi papá es amigo de un coronel y ahora quiere regalarle este monumento al batallón Pigoanza”. El monumento tiene la forma de un hombre, una figura excelsa e imponente. Es un soldado. Le preguntamos cuánto tiempo le llevó a su padre pulirlo y levantarlo. “Dos semanas”, responde su hijo. “¡Dos semanas!”, pensamos. Dos semanas es tan poco tiempo para lograr semejante creación. El soldado aún no está terminado.

“Y eso que a veces a mi papá le toca correr con algunas obras que debe entregar en un plazo definitivo que establecen los contratos”, expresa Esteban. Para el artista no existe tiempo si se vive dentro del arte, porque quien está inmerso en él no siente el tiempo pasar. La obra del maestro Emiro Garzón fácilmente podría ser incalculable.

Ya es hora de irnos de la Casa Embrujada. El poema favorito de Emiro yace escrito en una de las paredes de la enorme casa. Oh soledad infinita, de Amadeo González. “Mi papá quiso escribirlo allí”, dice su hijo. Lo leemos. “Oh soledad Infinita, que rompes los linderos de la razón…”. Esteban ya no está nervioso, su acento bogotano nos invita a volver. “Me llamo Esteban, pero pueden decirme Emiro”, dice.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Antes de salir, hablamos con el maestro. Le recuerdo mi visita hace tres años y quién era yo, una joven estudiante de Periodismo. Me estrecha con sus dos manos, ambas curtidas de arte. Cerca, toma asiento y con un lapicero escribe en un pequeño plegable otro de los muchos mensajes que le ha enviado a mi padre, un ingeniero con quien laboró en la construcción de una de sus obras: El Mohán. Nos despedimos.

Su actitud nos invita a volver, sus manos tiemblan, su voz es más sofocada, su semblante más marchito. Su alma, más viva. "Gracias por venir", dice el maestro.

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